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Hello, Pistachio!

En catalán se dice festuc. En castellano, pistacho. No son palabras distintas para cosas distintas: son la misma palabra llegando al mismo lugar por caminos opuestos.

Eso ya es suficientemente raro. Pero la historia de dónde vienen esos caminos es mejor.


La raíz

El árbol del pistacho es originario de Asia Central e Irán. El persa moderno dice pistah (پسته). El persa medio decía pistag. Y en tablillas elamitas del Imperio Aqueménida, siglos V y VI a.C., aparece escrito en cuneiforme como pi-iš-tuk-ka₄.

Alguien grabó eso en arcilla hace 2.500 años. La fonética es distinta, pero es la misma palabra.

Más atrás: el persa pistag no es el origen, es una parada. La cadena arranca en el proto-indoeuropeo, la lengua ancestral hipotética de la que descienden el español, el inglés, el hindi, el griego, el ruso y docenas más. La raíz es *peys-*, y no significa nuez, ni verde, ni nada botánico.

Significa machacar.

El pistacho lleva 4.000 años siendo, literalmente, lo que se puede triturar. Un adjetivo que se convirtió en nombre porque en aquella región era el fruto por excelencia para moler.


Los dos caminos

Desde el persa, la palabra viajó a Europa por dos rutas que no se hablaron entre sí.

La ruta griega. A través del comercio mediterráneo y las campañas de Alejandro Magno, el griego lo adoptó como pistákion (πιστάκιον). De ahí al latín pistacium, al italiano pistacchio, al castellano pistacho. La ruta culta, la que siguió el latín.

La ruta árabe. El árabe tomó la palabra directamente del persa: fustuq (فستق). Con la expansión islámica y Al-Ándalus llegó a la Península Ibérica. En castellano dejó alfóncigo, hoy casi olvidado. En catalán dejó festuc, que sigue vivo.

La Península Ibérica es probablemente el único territorio donde conviven ambas rutas activas: pistacho por el griego, festuc por el árabe. Los dos caminos del mismo fruto, de la misma raíz, cruzándose en el mismo sitio por razones históricas completamente distintas.


La raíz que no se detiene

*peys-* no se quedó solo en el pistacho.

En latín dio pinsere —machacar—, que derivó en pistillum, la mano del mortero. En español y catalán: pistilo, la parte femenina de la flor, que debe su nombre a su parecido con ese instrumento. En inglés: pestle.

Y hay quien defiende que pizza viene de aquí también, a través del longobardo pinsa, del mismo pinsere. La masa amasada, aplastada.

El pistacho, el mortero, la flor y la pizza. Todos triturando desde el mismo ancestro.


El conocimiento etimológico no mejora el sabor. Pero la próxima vez que comas un puñado, estarás pronunciando —con fonética del siglo XXI— una cadena que arranca en las estepas centroasiáticas hace cuatro mil años, pasa por tablillas de arcilla del Imperio Persa, viaja con mercaderes griegos y soldados árabes, sobrevive siglos de evolución fonética, y llega intacta en su esencia hasta tu boca.

Este sitio se llama iampistachio.com. Por aquí habrá de todo, desde computación a wargames.

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